¿Cómo afectan los trastornos de ansiedad a nuestros niños?

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La sobrecarga asistencial de las consultas de pediatría dificulta la detección de los trastornos psicosociales, cada vez más frecuentes en la edad infantil. El trastorno de ansiedad afecta ya a entre el 10 y el 20 por ciento de los niños, según se ha comentado en el XXV Congreso Nacional de la Sociedad de Pediatría Extrahospitalaria y de Atención Primaria.

“Existe una nueva morbilidad pediátrica”, ha planteado Jesús García Pérez, jefe de la Unidad de Pediatría Social del Hospital Niño Jesús, de Madrid, prolijo en expresiones que gráficamente definen el cambio que se está produciendo en las patologías que afectan a los niños: “Hoy los niños no se parecen a sus padres y presentan nuevas patologías como la wifitis, niños que mandan mil mensajes diarios y los pediatras tenemos que adaptarnos a los tiempos”.

El presidente de esta sociedad científica, José Luis Bonal, y el presidente del congreso, Luis Sánchez Santos, han coincidido en destacar el reflejo en las consultas de pediatría del cambio social experimentado en el país, más moderno y multicultural, con niños y adolescentes nativos de la cibernética y las nuevas tecnologías, que en ocasiones los abocan al aislamiento, y víctimas de la falta de conciliación de la vida familiar y laboral que acecha a las familias.

Existen acontecimientos estresantes como la separación o divorcio de los padres, su acoholismo o toxicomanía, que sufran una enfermedad grave, pierdan el trabajo o exista un deficiente rendimiento escolar. “Hace 15-20 años los problemas que veíamos eran predominantemente biológicos; ahora nos llama la atención el aumento cada año de los problemas de tipo psicosocial”, explica Luis Sánchez.

La sensación generalizada de estos profesionales es que cada vez ven más niños que sufren hiperactividad, falta de atención, impulsividad, maltrato psicológico y físico, abuso sexual, síndrome de Munchausen, fobias, ansiedad y depresión.

Fruto de los nuevos tiempos es también el conocido como síndrome del emperador, que afecta a niños a los que no se les han puesto límites ni normas y que convierten la familia en un filiarcado. “Muchas veces llegan niños a la consulta porque no comen, pero empiezas a preguntar y descubres que, con cinco años, toman biberones; no es que no coman, es que comen lo que quieren, detectas que el niño no es el rey de la casa sino el emperador”, ha razonado Bonal.

Para detectar estos problemas, el tiempo es un condicionante irrenunciable y el pediatra es el principal “sensor“.

Sin embargo, la sobrecarga que tienen las consultas de pediatría convierte el tiempo en un recurso escaso. “Para diagnosticar una hiperactividad, las guías clínicas indican que es necesario disponer de una hora y nosotros contamos, en el mejor de los casos, con diez minutos. Es evidente que hay un conflicto importante entre la disponibilidad de tiempo que tenemos y el que necesitan estos pacientes. La sobrecarga asistencial perjudica a los pacientes más complejos”.

Dedicar tiempo al paciente para lograr un diagnóstico correcto es la primera recomendación de Jesús García. La segunda es no demonizar ni a los padres ni a los niños. Finalmente, al pediatra corresponde encauzar el tratamiento buscando soluciones a través de la colaboración con diferentes profesionales, fundamentalmente psicólogos, psiquiatras, neurólogos y trabajadores sociales.

Buen diagnóstico
Aunque se necesitan estudios que cuantifiquen el incremento de estas patologías en la infancia, la Sepeap dispone de algunas cifras, como el que entre el 10 y el 20 por ciento de los niños y adolescentes padecen trastornos de ansiedad. Subraya asimismo la importancia de un adecuado diagnóstico y un tratamiento para evitar la cronificación del cuadro, la aparición de comorbilidades y la evolución de la enfermedad en la vida futura.

Jesús García ha aconsejado al pediatra a tener en mente la depresión en su práctica clínica porque los niños pueden sufrirla desde edades tempranas. El diagnóstico requiere pensar en el trastorno, conocer sus características clínicas y disponer, en la medida de lo posible, de varias fuentes de información: “Los niños son un fuente altamente fiable y conocer lo que les sucede requiere dedicación. Detectar los signos y síntomas depresivos implica no sólo conocer el cuadro clínico, sino escuchar lo que el niño nos dice y lo que calla”.

En edad preescolar los síntomas pueden ser irritabilidad, apatía, falta de interés, de colaboración con los padres, mímica triste, crisis de llanto, anorexia y trastornos del sueño, mientras que en la edad escolar alertan de este problema una expresión triste, hiperactividad o lentitud motriz, y sentimientos de desesperanza, entre otros.

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Fuente: Diario Médico



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